Monumento a los Fueros

En el extremo oriental del Paseo de Sarasate se levanta el monumento a los Fueros, una estructura en forma de templete cúbico organizada en dos cuerpos, sobre un pedestal de gran altura y finalmente la columna sobre la que descansa la figura femenina, un vaciado en bronce.

La base pentagonal, construida en piedra de Tafalla, cuenta con cinco escalinatas entre las cuales, apoyadas en pilares, penden cadenas que simbolizan el escudo de Navarra. Sobre este basamento asienta el primer cuerpo del monumento construido con piedra de Almándoz y en cuyos cinco frentes, en están grabadas, en planchas de bronce, inscripciones alusivas a las libertades navarras, tres en romance, la cuarta en euskera, y la última también en vascuence pero con caracteres supuestamente ibéricos de difícil comprensión. En los ángulos de este cuerpo pentagonal, sobre los capiteles de las columnas, se disponen cinco estatuas sedentes talladas en piedra de Angulema que representan otras tantas alegorías: Historia, Justicia, Autonomía, Paz y Trabajo, todas ellas con sus correspondientes atributos. Así, La Historia, personificación de la musa Clío, como símbolo de saber y cultura. La Justicia se muestra como una mujer con una espada entre sus manos. La Autonomía o Autogobierno, se simboliza en un ángel alado con un timón. La Paz está representada por una mujer con una rama de olivo, y estrecha contra su pecho un alción, pequeño pajarillo considerado por los antiguos como símbolo de la paz y la tranquilidad, pues durante los días en que permanecía construyendo su nido, desaparecían por completo los vientos y tempestades. Finalmente, el trabajo es representado un herrero que porta un mazo que descansa sobre un yunque de acero. Sobre este primer cuerpo se eleva el segundo, también pentagonal, en piedra blanca y columnillas de mármol rojo de Aizcorbe culminadas en capiteles de bronce. En sus frentes se disponen varios escudos: Los de Navarra y Pamplona, bajo los cuales queda el crismón, símbolo de Cristo y de la religión cristiana; y los escudos de las restantes merindades históricas del Reino de Navarra: Tudela, Olite, Sangüesa y Estella. Bajo los grandes escudos de las merindades y en todo el perímetro del monumento aparecen veinte escudos heráldicos de otras tantas villas y pueblos de Navarra.

Sobre el segundo cuerpo se alza una columna de mármol rojo con capitel blanco, a cuyo fuste se aplica una pieza curva de bronce que incorpora la fecha de construcción: 1903. Remata el conjunto una monumental estatua de bronce, que representa alegóricamente a Navarra como una matrona victoriosa vestida al modo clásico y con la frente ceñida por corona real, símbolo del Reino de Navarra, que mira hacia adelante con expresión rotunda y decidida. Lleva una espada envainada a la cintura, y porta en su mano derecha un fragmento de las cadenas del escudo del Reino, como símbolo de la libertad conquistada, en tanto que enarbola en la izquierda un pergamino medio enrollado del que cuelga un sello céreo y que contiene la leyenda «Ley Foral». A los pies de la matrona se encuentran arrumbados un escudo y un turbante almohade, en referencia a la victoria del rey navarro Sancho el Fuerte en la batalla de las Navas de Tolosa. El contenido escultórico y simbólico del monumento a los Fueros se completa con un sinfín de elementos como hojas de hiedra y de acanto, plantas como el girasol, la encina y el roble, animales como la rana, el búho, el león o la cigüeña, formas geométricas como la esfera, o seres fabulosos como el basilisco y el grifo. El planteamiento formal del monumento a los Fueros de Pamplona participa del carácter simbólico encaminado a la defensa y afirmación de la foralidad del Viejo Reino de Navarra, con el número cinco como referencia constante en alusión a sus merindades. A dicha simbología contribuyen la base pentagonal y sus cinco escalinatas, así como los dos cuerpos de disposición pentagonal con las cinco columnas que refuerzan sus ángulos. Tampoco es baladí que la escultura que culmina el monumento mida 5,5 metros y pese 5.000 kilos. Por su parte, las cinco figuras alegóricas que definen los ángulos del primer cuerpo se erigen en símbolo de los valores que los navarros que participaron en la manifestación fuerista de 1893, querían proclamar y defender a toda costa. Erigido en el Paseo de Sarasate en 1903, vino a simbolizar la reacción navarra en defensa de sus derechos ante el proyecto antiforal presentado diez años atrás por el entonces Ministro de Hacienda, Germán Gamazo, considerando que menoscababa la autonomía fiscal reconocida a la provincia en la Ley Paccionada de 1841.

Tras la amplia respuesta popular que tuvieron las convocatorias en defensa de los Fueros, se generalizó la idea de promover algún elemento que recordara a las generaciones futuras el sentir unánime de los navarros. se obtendrían mediante suscripción popular, para lo cual se fijó una cuota mínima de 25 céntimos y máxima de 25 pesetas. El mismo año de 1893 fue elegido el proyecto presentado por Manuel Martínez de Ubago, uno de los principales exponentes de la arquitectura pamplonesa de entresiglos. Aunque en un principio se pensó en colocarlo en la plaza de la Constitución -actual del Castillo-, finalmente se decidió erigirlo en el extremo oriental del entonces Paseo de Valencia, frente al Palacio de la Diputación. Como curiosidad histórica, es destacable que en la figura de la matrona quedó perpetuada en bronce la pamplonesa de la calle San Antón, Rosa Oteiza Armona, mujer discreta y celosa de su independencia, que mantuvo una relación sentimental con el propio José Martínez de Ubago. Resulta sorprendente que el monumento a los Fueros no llegara a inaugurarse una vez finalizada su construcción, pese a que se acuñaron incluso medallas conmemorativas de la efeméride. En marzo de 1909 el teniente de alcalde, señor Echave-Susaeta, propuso el traslado del monumento al centro geométrico de la plaza del Castillo, para proceder de inmediato a su inauguración oficial como un acto más del programa de las fiestas de San Fermín, al que serían invitados todos los ayuntamientos de Navarra. Sin embargo, ni traslado ni inauguración se llevaron a cabo.

El Ayuntamiento de Pamplona, dentro del plan de restauración y limpieza de las esculturas públicas de la ciudad, procedió a la restauración de este monumento a finales del año 2010.

José Javier Azanza López